sábado, 26 de octubre de 2013

Aproximación a la música, de Manuel Valls Gorina.

Siempre es un placer encontrarte con algún libro que suponga un excurso en la línea que uno lleva y si además sirve para acrecentar el conocimiento a base de datos y de reflexión nueva mejor que mejor. El desarrollo cognitivo nunca para.



El título completo del libro es: Aproximación a la música. Reflexiones en torno al hecho musical. La imagen nos da la información sobre la editorial y la mítica colección a la que pertenece el ejemplar que poseo. Nos enfrentamos a este libro con muchas ganas, pues prometía ser una lectura ligera y de no muy larga duración, como así fue. Algo que sorprendió mucho fue, sin duda, el que el autor, licenciado en derecho, fuera un hombre de tan vasta cultura musical y de un estilo erudito con conocimiento profundo de la lengua española, lo que hace la lectura muy agradable y nada chabacana. Y es que la erudición sabe usarla, no para abrumar, sino para aleccionar, y no para otra cosa uno se compra este libro.

Es un libro que repasa la el hecho musical atravesando diversos espacios de los que el concepto atraviesa. Nada mejor que el índice para comprender lo que quiero decir:

1- acerquémonos al sonido. 2- de la música utilitaria a la especulación sonora. 3- aspectos de la música en nuestro planeta. 4- la música como expresión del sentimiento religioso. 5- aparece el compositor (o el canto al amor humano). 6- diversos aspectos de la música instrumental (de la caña horadada a los electrófonos). 7- Las paradojas de la música orillada (o la música al margen de la música). 8- origen y evolución de la zarzuela y otras cuestiones afines al arte lírico español. 9- comparece un nuevo invitado, el público. 10- ¿qué ocurre con la música actual? 11- Viaje musical por las tierras de España. Sinopsis de la historia de la música.

Se comprueba rápidamente que desde el aspecto físico hasta la situación más actual (años 70) del autor, no deja nada en el tintero. No es menos cierto, que aunque menciona y repasa músicas del mundo, se centra especialmente en la creada en Europa, que es a la que el lector está más acostumbrado. Si es que lo está a alguna, ya que el autor considera música como hecho en sí mismo, y no como mera excusa, a la compuesta por un compositor para instrumentos no electrónicos, aunque no se le escapa estos, que menciona y refiere cuando habla de algunos compositores. Su tesis es que la música en sí misma, la que se hace para escuchar, y no para apoyar una obra de teatro o la militar que tiene sus fines, o la religiosa que tiene los suyos, es un "invento" occidental y sólo producto de la música culta. 

Quizás, si rehiciera el libro en nuestros días, cambiara ese concepto, pues no es poca la música que se ha realizado (ya en los días de la escritura del libro) que al margen de la letra, la música estaba compuesta a base de una complejidad que podría dejar patidifuso al mismo Schönberg. Pero es más, él se centra en algunos puntos en los géneros operísticos, así que el hecho de que está música con letra a la que me refiero no es excusa para rechazar la validez musical para ser escuchada de las piezas a las que me refiero. También es verdad, que siendo los artículos previos a la publicación del libro, aún no llegara a sus oídos lo último de la música "ligera", del rock sinfónico, en el que ya había composiciones con estructuras de música culta llevada al rock. Pero esto es elucubrar.

En definitiva, es una obra comprometida con el mundo musical, y preocupado por la música y su futuro. Fácil de leer, se lo recomiendo a cualquiera que, interesado en la música, se anime a buscarlo.

martes, 22 de octubre de 2013

Manuel Ariza, in memoriam

Ha muerto, tristemente, Manuel Ariza. Un gran profesor, buena persona y querido por todos quienes le conocieron. Jamás seré capaz de escribir algo profundo y trascendental capaz de emocionar transmitiendo lo que supone su muerte, tanto para mí, como creo para el ámbito académico en el que se movía. Al fin y al cabo, yo fui su alumno en tres cursos consecutivos (aunque al final ya, por problemas de su situación de salud, poco podía trabajar), y no es suficiente para sentir lo que de seguro sienten sus viejos alumnos que lo siguieron tratando día tras día en la facultad una vez que estos también acabaron como profesores.

Por este motivo, me tomo la libertad de copiar del Diario de Sevilla el artículo escrito por también mi profesora en el máster, Lola Pons, alumna suya, discípula seguro, y colega de departamento.

http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/1629358/magisterio/la/libertad/la/muerte/manuel/ariza/viguera/maestro/filologos.html#.UmY_-v9q_5M.twitter
El magisterio de la libertad: en la muerte de Manuel Ariza Viguera, maestro de filólogos
LOLA PONS
QUIENES hemos tenido un maestro de la altura humana e intelectual de Manuel Ariza Viguera (Madrid, 1946-Sevilla, 2013) sabemos que caer en las manos de un buen profesor es la mejor forma de aprender a serlo, y muchas veces, solos ante la pizarra, hemos construido la mejor versión de nosotros mismos recordando los modos de quien nos enseñó. Todo hombre que a otro llama maestro, por la ciencia que es en él lo llama e porque quiere ser enseñado de él, decía un texto castellano del siglo XV. 
El catedrático de la Universidad de Sevilla Manuel Ariza era uno de tales maestros. Bajo el magisterio de Rafael Lapesa, a quien respetaba y admiraba profundamente, Ariza se formó en la Universidad Complutense de Madrid en el estudio de la Historia de la Lengua Española. En él se reconocían los fundamentos de la Escuela de Filología Española: el amor a los textos y el respeto por el dato dialectal, caminos para llegar a describir con solidez la Historia del Español. En tales ámbitos el profesor Ariza trabajó con inteligencia, sumando más de un centenar de publicaciones. 
Pero además de por la ciencia que en él era, Ariza era maestro porque todos querían ser enseñados de él. Fue docente de la Università di Pisa, de la Universidad de Extremadura y desde 1989 de la Hispalense. Son miles los alumnos que lo han tenido como profesor en presencia o a través de sus libros, estudiantes de otras universidades españolas o extranjeras que usaban alguno de sus manuales universitarios, todos redactados en un estilo transparente y cómodo. 
Era un maestro porque hacía fácil lo difícil, atendiendo en clase cualquier pregunta y haciendo chistes (¡malísimos!) que permitieran entender mejor el contenido. La clase magistral entendida como la exposición pulcra pero amable, una Filología expresada desde la cercanía: la tarima para llegar más lejos, nunca para estarlo. 
No me es posible imaginar una unanimidad mayor en las simpatías que concitaba. El doctor Hugo Galera, que luchó hasta el final por salvarlo, sufría más que él cuando lo informaba de los avances de la enfermedad. Todos lo querían, y no como se quiere al bueno que nada dice y todo consiente. Lo querían decanos y profesores, que también tuvieron que lidiar con sus principios insobornables y sus imperturbables rechazos; lo queríamos sus compañeros de departamento y el personal de la Facultad; lo querían los alumnos, a los que suspendía a canastos: sabida la noticia de su muerte, el martes llenaron las redes sociales de mensajes de admiración por su profesor. Lo adorábamos sus discípulos, a quienes nos permitía navegar solos. Sin pretenderlo, sin saberlo, nos enseñó a tener en él un modelo avasallador de libertad. 
Duele pensar que ya no vamos a ver por nuestro edificio de la antigua Fábrica de Tabacos su figura altísima y desgarbada. Vendrán homenajes y no dudo de que serán multitudinarios y emotivos, pero sé que cualquiera de los muchos alumnos que tuvo, futuro o actual profesor, va a recuperar en sus clases las enseñanzas de Manolo y comprenderá entonces que aquella pedagogía tradicional e intuitiva funcionaba. Serán esos homenajes anónimos e íntimos los que hagan perdurar la memoria del maestro. Esos profesores de Lengua que se han estado formando durante años al abrigo del profesor Ariza son los mismos que alimentan ahora nuevas vocaciones: con ellos la Filología sigue, la Historia de la Lengua sigue, el amor por los textos y el cuidar de la palabra perdura. Decía Pablo Neruda, el poeta preferido de Manolo, que todo llega a la tinta de la muerte. Pero me permito añadir: el rastro del buen magisterio es capaz de esquivarla y trascenderla.