sábado, 23 de noviembre de 2013

Máximas IV

1- soy el hazmereir de mí mismo. 

2- esperar es la llama que enciende la mecha de la desesperación, de la desesperanza, de la muerte.

3- la soltería es un estado del alma de gran tensión y en el que los arroyos fluyen violentamente.

4- Incredulidad, frustración, rabia e impotencia. Es la fórmula de la misoginia.

5- La vida trata de que, un minuto antes de morir, no nos arrepintamos de haber dejado sin hacer algo. De no estar frustrados en ese momento.

6- La vida trata de aprender y enseñar.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La arquitectura machista. Analogía.

Ya escribí aquí sobre el machismo en la lengua. Ahora quiero hacer una analogía para hablar del modo de razonar de los que achacan a algo sin voluntad, a un arma, el cariz de machista.

Imaginemos una torre, elevada, fuerte, a veces puede dar hasta miedo, cilíndrica, solitaria. Un símbolo de la virilidad, un símbolo fálico de la campiña del país en el que se encuentra, construida de antiguo, con alguna teja caída, con algún sillar a punto de caer.

A alguien, a un señor que quiere la igualdad sincera entre hombres y mujeres, se le ocurre que ese símbolo es machista, atenta contra la dignidad de la mujer y ha de ser derribado. Es más, no sólo que ha de ser derribado, sino que no se ha de permitir la construcción de estructuras de este cariz, que tanto avergüenzan a las mujeres.

Son muchos los colectivos que admiran la propuesta de este señor. Especialmente algún partido de izquierdas, que no tarda en incluirla en su programa electoral y muchas asociaciones feministas, que le hacen propaganda gratuita y alegre, llegando a publicar pequeños panfletos en los que se denuncia despropósitos construidos contra la mujer.

Con el tiempo, tras muchos años de educación cívica en las escuelas, esos niños, que habían sido ¡por fin! educados, crecieron y tuvieron edad de votar. Era un período en el que, para no parecer lo que en realidad se era, hasta los partidos más conservadores habían optado por añadir a su programa medidas con respecto a las construcciones de índole falocrática, eso sí, de modo más timorato.

Estos adultos, antes niños, educados y sabios, pudieron votar al partido que mejor se les presentaba en vallas publicitarias y en los canales de televisión. Nadie ponía en duda que esas construcciones, aún en el centro de mira, debían ser destruidas, de tal modo que por fin se pudo llevar a cabo, tras unas elecciones democráticas en las que ganó un partido de izquierdas, derribar la torre que solitaria, en un lugar donde ya no habitaban ni los labriegos que antaño sudaban, espina doblada, sobre las tierras que eran sombreadas por la torre, marcando las horas de almorzar y ángelus. Y otras sufrieron el mismo percance.

La torre fue derribada sin oposición (bueno, podríamos mencionar un grupo de retrógrados que decían que esa torre era patrimonio de todos, construcción que había que cuidar como obra arquitectónica singular).

fuente
Aquella generación valiente, autocomplacida, autosuficiente, pasó, y la de sus hijos...creo que también, que ya el último de los hijos del más joven de los votantes de aquella ocasión ya no hollaba la tierra con la suela de sus mocasines, cuando algo sacudió la tierra y un pueblo venido de nadie sabía donde decidió que aquella tierra les iba a pertenecer. El pueblo autosuficiente mandó emisarios para evitar conflictos desagradables, casi animales, pero fueron desestimados por los nuevos visitantes. Por su parte, los nuevos se reafirmaron, se sabían salvos, pues no creían que el pueblo atacado les fueran a hacer daño de alguna manera.

El pueblo atacado se indignó y como cada vez el conflicto era menos evitable se decidió mirar en las crónicas. En la biblioteca sólo había libros sobre pedagogía de la igualdad, psicología evolutiva de género y cuatro o cinco manuales sobre como no caer en depresión causada por el mal comportamiento de los adolescentes en el hogar y en el aula. El bibliotecario se acordó de que tras una puerta se escondía bajo polvo y mantas una serie de libros de un par de generaciones antes.

Entre los libros había uno que llamó la atención a un curioso: El arte de la guerra. Una señorita muy progresista se tiraba de los pelos considerando la maldad del hombre que pudo escribir semejante aberración. Pensaba que sería de la generación de su abuelo, muy belicosa y atrasada. Sin embargo, una curiosa lo cogió y cuando nadie lo veía se lo escondió para verlo con más tranquilidad.

Le interesó tanto que quiso más y de vez en cuando iba por la biblioteca y con la venia del bibliotecario, hombre tolerante y sabio, ojeaba los libros escondidos. En uno de ellos comprobó cómo hubo un tiempo en ese mundo en el que los hombres creaban grandes construcciones para poder defenderse de ataques extranjeros. La chica se sorprendió, no entendía cómo podría ser útil un símbolo tan denigrante para la mujer, algo que ya no se permitía.

Al salir a la calle de camino a su casa empezó a llover. Miró para arriba con un gesto un poco torcido y una gota le calló en el ojo, justo en el momento en el que se le iluminó la mente.

Al día siguiente, bajo un sol de esos que dicen de justicia, la chica curiosa, con cara algo triste, fue al solar abandonado intentando no acercarse al lugar donde los nuevos estaban establecidos. Allí vio un montón de piedras amontonadas, todas iguales, todas un poco diferentes. Se acercó a ellas y con cierta dificultad escaló hasta la cúspide del montón, del descanso de la antigua torre, y allí arriba el aire le azotaba el cabello y, viendo a lo lejos a aquellos que querían apoderarse de su país y ya habían provocado alguna muerte fea, una lágrima le caía por los ojos con un brillo de inteligencia en sus pupilas y en la mano un libro de un tiempo que no sabía cuál era, con un dedo marcando la página 22, en la que ponía:
"Eventually we resolved Inge's aesthetic crisis by taking her Semtex to a number of  
carefully chosen urinals. They were all concrete Nissan huts, absolutely ugly and clearly  
functionaries of peni. She said I wasn't fit to be an assistant in the fight towards a new matriarchy"
"This urinal is a symbol of patriarchy and must be destroyed"

Tempus irreparabile fugit

Si nos paramos a escuchar qué dice la gente acerca del tiempo, creo que lo que más se repetirá por bocas idiotas, profanas, es que el tiempo es un obstáculo para alcanzar la felicidad plena o, en su defecto, conseguir los objetivos más ambiciosos que nos planteemos en nuestra vida. Otras bocas, expertas, nos hablarán en términos físicos. Tampoco me sirve.  Ni obstáculo ni magnitud.

Al tiempo lo podemos notar gracias a la tecnología, pero lo percibimos de otros modos más naturales, caminos más cercanos a nuestra percepción emocional e intelectual. Uno puede notarse a sí mismo más viejo un día, tranquilo, sin necesidad de correr, delante del espejo contemplando su vida mientras mira sus ojos; tal vez, de esa manera, en esa mañana, pensará que el tiempo no pasa en balde, sino que hace estragos en su rostro, en su piel, en su pelo. Entonces tomará conciencia del tiempo. Es muy posible que hasta ese momento no haya tenido constancia de dicho paso del tiempo. Aunque él no haya reparado en los cambios físicos ocurridos desde la última vez que pensara en su envejecimiento, si es que hubo alguna vez anterior, el tiempo no ha dejado de pasar.

Veces ha en las que el ser humano, ser biológico, minucioso mecanismo, pero imperfecto, hace triste gala de su imperfección en algunos aspectos dolorosos del hombre. No digo doloroso en cuanto al sufrimiento físico, sino al que produce la decadencia mental. Muchas aristas tiene este prisma. Locura, alzheimer, demencia senil, depresión... El simple cambio de estado mental, nos habla mucho de cómo el tiempo existe y, además, de un modo triste.

En estos casos hay algo que duele, el sentimiento de quien está al lado, que ve el declinar vital de la persona amada. Pero hay una parte de este aspecto del pasar del tiempo que produce desasosiego sólo el hecho de pensarlo, la autoconciencia de la persona que se sabe declinante, muriente.

Hay quien considera que va envejeciendo por cumplir años y de vez en cuando se dice, como para sentirse mal, parece que fue ayer cuando, parece mentira que tenga ya, ¿te acuerdas? Otros, sin embargo, ese cumplir años les lleva a reflexionar sobre el futuro, que es tiempo inexistente para nuestra conciencia, pero  ineludible. De este modo le da una existencia real en nuestro mundo o, al menos, en el suyo. No es ni más ni menos que el modo en que se crea el tiempo. Si nadie pensara en el futuro no habría tiempo, quizás, no habría nada. Sin embargo, es el ser humano un ser biológico y esto significa que su fin es la vida y la vida conlleva un no morir permanente y eso nos lleva a un pensar en el futuro para que en él estemos nosotros, vaya a ser que llegue para no encontrarnos.

Quizás hayamos dado con el fin de los tiempos. Muerte, como lo llaman otros. Es nuestra liberación del tiempo, de sus cosas buenas, y las malas. O quizás no es liberación, sino abandono. Si este pequeño artículo va sobre el tiempo, no tiene sentido que hablemos del no-tiempo, excepto en una dimensión de la existencia humana, los despojos del abandono de que somos objeto cuando el tiempo huye, lo que se le olvida quizás deliberadamente aquí al tiempo cuando quiere dejar su vacío al dejar de ser. Hablamos de:

Esta cara de la moneda llamada no-tiempo es la que nos queda a los que aún somos víctimas del tiempo, los que aún insistimos por propia supervivencia en crear el tiempo, lo que a su vez es nuestra muerte. En esta agonía no se nos escapa el destino final e igualitario que nos espera, quizás eso nos hace considerar el tiempo como algo casi tangible y nos empeñamos en recordárnoslo a nosotros mismos al llevarlo en la muñeca, en un bolsillo, sobre una balda o en una pared.

El castigo de Sísifo no era la pesada carga, era que jamás dejaría de llevarla y ese jamás nace de un constante pensar en el futuro de descanso en un lugar en el que Tiempo no significa nada. Su castigo, por este motivo, no tendría fin. Su ansia de fin era la causa de que no lo tuviera. No pensar en el fin del castigo habría sido el fin del castigo.

Entre La Coruña y Úbeda decimos que hay algo más de 900 kilómetros, pero nos olvidamos que eso es inamovible, lo que fluctúa, lo que se mueve, precisamente porque nunca acaba de venir e ir, es el tiempo. Entre La Coruña y Úbeda hay 12, 13, 14 horas, o 6. El tiempo, como dice el título de la entrada, escapa como queriendo, pero somos nosotros los que le hacemos irse por querer que venga uno nuevo. Sólo esperamos algo, que nuestros deseos se nos cumplan, a veces nos quejamos de que no hay tiempo o este se agotó para el cumplimiento de aquellos, pero ¿qué si los cumplimos nosotros mismos sin esperar a que se cumplan?


martes, 5 de noviembre de 2013

LOS HOMBRES DE PIEDRA: POR RUPEN ZARTARIAN. Cuento armenio.

[Con este artículo comenzaré el rescate de una serie de artículos que escribí tiempo ha en un blog hermano (http://grupont.blogspot.com.es/) y quiero compartir con vosotros]

Hemos recibido de un amigo, en exclusiva para este blog, un hermoso cuento, que con su fuerza es épico como lírico, narrativo como poético. Breve como un poema, pero salvaje como una narración de aventuras. Como Armenia misma.




Rupen Zartarian, el poeta creador de este cuento, fue asesinado por los Turcos en su famoso genocidio, del que ya parece nadie acordarse, parece que cuando hablamos de muertes, unas son más importantes que otras en base a no sé qué virtud o vicio. El poeta, nacido en 1874, bien pudo crecer leyendo a poetas románticos, de un romanticismo alemán, no liberal-francés. De ahí lo que diremos en un breve comentario a continuación del cuento.


Os dejo el texto introducido por la nota del filólogo que me lo ha pasado. El cuento viene con la “tildación” original del periódico.

Breve Nota Preliminar

Mi investigación sobre la recepción y crítica del autor norteamericano Herman Melville en España, me ha llevado a una agotadora búsqueda de artículos y reseñas que pudieran haber sobre este autor en las revistas literarias españolas de los siglos XIX y XX. En la base de datos de la Hemeroteca de la BNE, descubrí una revista del año 1899, La vida literaria, creada y dirigida por el dramaturgo español Jacinto Benavente. En su número 6 (11 de enero de 1899) aparece publicado este cuento armenio. En la nota a pie de página que se nos ofrece, se dan más detalles sobre el texto y el autor.




LOS HOMBRES DE PIEDRA: POR RUPEN ZARTARIAN.
(CUENTO ABMENIO) ( I)

De aquellas rocas coronadas por el vuelo de los halcones y cruzadas á rastras por las serpientes, aquellas grandes rocas tapizadas de césped que las colora de un verde gris, aquellas rocas gigantescas, cuenta una leyenda que en otro tiempo fueron hombres como nosotros.

Una vez, allá en tiempo remoto, cruzaba este sitio salvaje un cortejo nupcial venido de lejanas tierras. El ruido del taf* y del tambor, el clamoreo de los cantos y de los címbalos se extendían por las llanuras, á lo lejos, como también el brillo de las armaduras y la blancura de los trajes femeninos. La desposada ocultaba su belleza tras espesos velos.

De súbito hinchó su corazón el loco deseo de descubrir su rostro y mostrar sus encantos á estos lugares desconocidos, con una voluptuosidad salvaje. Arrojó sus velos y presentó su faz al sol. La Naturaleza, irritada por su audacia y su belleza, la maldijo y la petrificó
con su cortejo, y todos fueron rocas, mudos e inmóviles para siempre.

Ahora están allí, esperando eternamente. En ellas se distinguen rasgos deformes de niños, de viejas y de adolescentes; vénse ojos feroces que siguen abiertos en furiosa fijeza; figuras crispadas que parece quieren llorar y que no lloran. En ellas se revela un dolor, un antiguo dolor que los torturó á todos; amontonadas unas sobre otras estas rocas son ciertamente extraños seres que, aparte de la leyenda, tienen vagas apariencias de figuras humanas. Al sol de la mañana, al reflejo moribundo del crepúsculo vespertino resplandecerán allá arriba eternamente. En la historia lamentable de estas rocas la leyenda engarzó una creencia consoladora. Y ahora son lugar de peregrinación á donde van los enfermos y los que sufren, sobre todo mujeres, á verter sus penas al pie de estas piedras frias con suprema esperanza : encienden ingenuamente allí sus cirios y se vuelven. Y las rocas, arrogantes siempre y altaneras yerguen sus cabezas en el espacio. A veces, en primavera, blancos flecos de nubes detiénense en sus cumbres y las festonean de blancas espumillas; verdeantes arbustos é higueras salvajes crecen en las grietas allá arriba; á veces, el rayo las azota y les arranca fragmentos. En los días sombríos, cuando llueve, los cuervos lanzan allí gritos agudos, las lluvias arrastrándose descienden de lo alto y los vientos pasan bramando por encima. Las miradas de los caminantes se espantan de su altura. Y se preguntan turbados si ciertamente estas rocas fueron hombres en otro tiempo, estas grandes rocas, sobre las que se ve esparcidas numerosas plumas de aves diversas.

*Taf: instrumento de percusión. Circular y cubierta con piel de animal curtido. Se toca golpeando con la palma de la mano. No es de origen armenio. (Nota del amigo filólogo).



RUPEN ZARTARIAN.

(I) Este cuento, tornado de una tradición popular armenia, fué
escrito por el joven poeta Rupen Zartarian, natural de Kharpout,
capital de una provincia armenia de la Turquía asiática. Las rocas
que han dado origen á esta leyenda existen realmente cerca de
Kharpout. Nos complacemos en publicar este trabajillo y otros dos
que daremos en números siguientes, porque en estos cuentos se
[perciben] algo de la Naturaleza áspera y montañosa de la Armenia.

Comentario.

Fantasía

“Empinado como una escalera, trepaba en idas y venidas. Los caballos podían subir por él, y hasta arrastrar lentamente las carretas; pero ningún enemigo podía salirles al paso, a no ser por el aire, si estaba defendido desde arriba. En cada recodo del camino, se alzaban unas grandes piedras talladas, enormes figuras humanas de miembros pesados, sentadas en cuclillas con las piernas cruzadas, los brazos replegados sobre los vientres prominentes. Algunas, desgastadas por los años, habían perdido todas las facciones, excepto los agujeros sombríos de los ojos que aún miraban con tristeza a los viajeros. Los Jinetes no les prestaron ninguna atención. Los llamaban los hombres Púkel, y apenas se dignaron mirarlos: ya no eran ni poderosos ni terroríficos. Merry en cambio contemplaba con extrañeza y casi con piedad aquellas figuras que se alzaban melancólicamente en las sombras del crepúsculo.”

Tolkien, J. R. R.: El Señor de los Anillos. Minotauro, Barcelona, 2002. Páginas: 860-861.

Exacto, a esto me ha recordado el cuento. Esos hombres de piedra armenios son tan parecidos a los de Tolkien, que pienso que pudo haber leído Tolkien este cuento. La soledad, la antigüedad de unas personas eternamente a la intemperie. En el armenio personas iban a rezarles, las temían… parece recordar a tiempos anteriores a los que narra Tolkien. Pero Merry está ahí, la ingenuidad; él si mira con piedad, como si quisiera rezarles a estos seres solitarios y petrificados.

Pero no sólo a estos hombres, sino que también recordaréis a otros hombres de piedra, vivos y muertos a la vez en carcasas duras, inmóviles. Los guardianes de la frontera que fueron castigados en las tierras relatadas en La espada de Joram, de Margaret Weis y Tracy Hickman. Solitarios, melancólicos, siempre mirando al horizonte perdido de su tierra.

El hombre de piedra, sin ser algo a lo que he prestado mucha atención en mis lecturas previas, no deja de ser un elemento cautivador con poco que uno piense en ellos, y gracias a este cuento lo hago. Una estatua, sin tener “ser”, la miramos a los ojos y nos parece estar viendo a su “referente”, parece estar ahí mirando siempre al infinito. Creemos sentir sus desdichas o sus glorias. Pero está muerta. Pero eso lo sabemos ahora, ya que en tiempos remotos estatuas han sido veneradas en la Tierra como verdadera representación de un Dios (sólo hay que ver nuestra Semana Santa, más pagana que católica). De ahí que en Hispania se prohibiera en algún las representaciones religiosas y las policromías en los templos cristianos.  O distintas "herejías" cristianas se opusieran a la imaginería. Pero sigamos con lo anterior, con la impresión de una estatua de piedra humanizada.

¿Os imagináis estar atrapados en una carcasa marmórea, caliza…? Por la capacidad empática del Ser Humano, algo subconsciente, siempre que vemos una desgracia humana nos ocurre. Así, sentimos presión interior, la conciencia se nos nubla y la imaginación, como si fuera nuestro único medio de transporte, vuela. Así nos sentimos ante una estatua de piedra naturalista. Ahora, imaginaos años, centurias, bajo el sol, la lluvia, el rayo, bajo la naturaleza poderosa, gastándoos, aniquilándoos,desapareciéndoos.

A veces la estatua es sustituida por el sobre o bajo relieve, por el dibujo, ¿o qué son las pinturas rupestres si no el búfalo mismo? 

El hombre de piedra, como motivo narrativo, sin duda resulta muy interesante cuando nos paramos a pensar en él. Estaremos atentos en nuestras lecturas.


Romanticismo

La naturaleza cobra vida propia, inmensa y absorbente. El ser humano no es más que átomo esclavo de las fuerzas de las corrientes cósmicas, naturales. Esclavo y víctima.

La hýbris y la envidia divina, en este caso divinidad deshumanizada, naturalizada, reconvertida en lo que es, no imagen y semejanza nuestra, sino ser y ente propio. Su superioridad no debe ser amenazada, si fuere así, habrá castigo, a la naturaleza nadie le tose.

El tema eterno de la hýbris humana, castigada por nuestos verdaderos amos, nuestros propios límites, se da en este cuento armenio, romántico y armenio. Con una visión de la naturaleza propia, pero a la vez universal. Propia porque vemos una Armenia alta, rocosa, montañosa, como es en verdad. El valle está oculto tras la montaña que roza al cielo y éste le contesta con su rayo divino. Universal porque es con el Romanticismo, con el movimiento en el que la Naturaleza no es humana, sino el hombre naturaleza. La naturaleza lo es todo, y aquí lo vemos clarísimamente.

ANGELUS ROBUR AGRESTIS