viernes, 10 de febrero de 2017

de Azorín a la distopía mundial

     Escribo esta entrada en el blog tras cortar abruptamente la lectura de La voluntad de Azorín. Y es que hay cosas que se escapan si no se aprehenden al momento. Resulta que en la lectura, que ha superado mis expectativas, he llegado al capítulo X de la segunda parte, cuando Azorín se encuentra viendo un álbum de retratos de personajes ilustres de unas décadas anteriores. En eso, se menciona a Rivero, del que se dice "con su colosal sombrero de copa y su levita ribeteada, el bastón en la mano y mirando de perfil con las cejas enarcadas". Imaginemos la imagen de este señor del que aún no sabemos nada, de porte tan orgulloso, en blanco y negro, un aspecto que ya debería parecer algo anticuada en 1902, fecha de publicación de la novela y fecha en que está situada la acción de la misma. Cuando he leído la nota nº. 125 al pie de la página (es una edición de E. Inman Fox, anotada, en Clásicos Castalia), para informarme sobre el tal Rivero, he leído lo siguiente: "Nicolás María Rivero (¿1814?-1878), orador y jurisconsulto español. Diputado y gobernador de Valladolid bajo Espartero, fue importante liberal, llegando a ser presidente de las Cortes Constituyentes de 1869-1870, y luego Ministro de la Gobernación". Y aquí surge la idea de redactar esta entrada.
     "Fue importante liberal, llegando a ser presidente de las Cortes Constituyentes". Dejemos la fantasía distópica discurrir entre nuestras neuronas. Estamos en los orígenes del Régimen liberal en España, segunda generación de liberales, la cual vivió su implantación en nuestro solar. Esta generación liberal fue parte activa del mismo movimiento instaurador del régimen político y económico que aún impera en la mayor parte del globo. Al contemplar la figura de dicho orgulloso personaje, estoy contemplando un personaje secundario de la historia, del trasfondo de la fundación y desarrollo de una macrosociedad o macroestado, que ensalza a sus fundadores y que sigue existiendo aún doscientos años después de la imposición de la misma a través de guerras y asesinatos y luchas de poder.
     Así, hay una sociedad gobernada por una élite, un grupo cerrado al que es casi imposible acceder y que casi nadie es consciente de su existencia. Una sociedad que cree vivir en igualdad, libertad y fraternidad, pero que, sin embargo, está regida por leyes, policías y un poder judicial manipulado por políticos en lucha constante de poder. Una sociedad donde la ley está por encima de la moral y de la ética. Donde esa misma ley es incapaz de llevar a cabo lo que el pueblo cree que fundamenta la misma ley, a saber: la igualdad, la libertad y la fraternidad. Un macrorrégimen que se ha blindado de tal modo que el pueblo cree vivir en igualdad, libertad y fraternidad, sin que, de hecho, sea así. Un régimen cerrado de tal modo que grupos minoritarios de la sociedad puedan protestar por cuestiones menores del mismo, pero que jamás podrán rebelarse contra el sistema mismo para implantar otro porque, entre otros instrumentos de control, el macrosistema hamanipula las conciencias insistiendo en que fuera de dicho sistema no hay ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad, aunque sea incapaz de ejercerla él mismo; directamente parece no interesarle, sólo hacer creer que sí existen tales principios.
     Imposible escapar de un sistema que controla todo, hasta la mente de los ciudadanos, un sistema que en nuestro solar fue instaurado por señores como el de "colosal sombrero de copa y levita ribeteada, bastón en mano y mirando de perfil con las cejas enarcadas".
     Volviendo a la realidad, hay que reconocer que llevamos viviendo doscientos años en un régimen que nos ha dado igualdad, libertad y fraternidad, que somos todos iguales ante la ley y no se cometen injusticias. Menos mal que hace doscientos años una serie de hombres y alguna mujer instauraron un régimen en el que el pueblo es el centro, eje y fin.